lunes, 27 de julio de 2015

“La gente fea me da pena”

Me decía que le daban mucha pena los feos, con una sonrisa que embellecía sus facciones. Dante, a sus 57 años en aquella época, hijo de inmigrantes genoveses, era mi vecino del barrio bonaerense de Caballito y amigo preferido. Sostenía que no había mejor manera de encontrar la belleza en una sonrisa. Por eso argumentaba que iba a ver los partidos de fútbol para gozar de la preciosidad de los goles. Hoy, varios años después de su muerte, seguro que le gustaría ir a los estadios de fútbol para degustar un buen gol de esos que sabe hacer muy bien Leo Messi.
A Dante le gustaba la cocina porque decía que un buen plato hace feliz a cualquiera. Solía usar ajo, perejil, albahaca y orégano con la suficiente frecuencia como para dibujar un gesto suave de satisfacción tan tímido y tibio como los rayos de sol del invierno. El olor a ajo frito era una de las maravillas más grandes del mundo que le hacía feliz. Otro plato que entronaba en los altares de la alta cocina eran los espaguetis rociados con aceite de oliva o acompañados de buena mantequilla, aderezados con queso parmesano.
Le daba pena la gente fea, murmuraba, esbozando una mueca de alegría cuando preparaba sus platos preferidos.
Con el tiempo me puse a pensar en su teoría y, es evidente, que las personas feas también me dan pena. Son los que les conoces porque les ha hecho algún favor y te miran sin saludar por la calle. No me gusta la gente maleducada, que se te cola para pagar antes en la caja del supermercado; te empuja para poder subir primero que tú en cualquier transporte público. Los más feos son los que mienten o te engañan, los que exageran o cuelgan sus fotos en las redes sociales de manera inadecuada. Hay miserables entre los que pegan a los niños, maltratan a sus mujeres o se aprovechan de la debilidad de los ancianos.

Pero los más feos de la historia son los políticos que roban grandes cantidades de dinero al pueblo; los que prometen cosas que saben que nunca se han de conseguir o que usan todas sus artimañas para convertirse en políticos vitalicios sin resolver, de verdad, los problemas de los ciudadanos. Incluyo en la lista a los fabricantes y traficantes de droga y de armas, los que explotan a los trabajadores para amasar grandes fortuna. Los que buscan el poder a toda cosa, los que pretenden enriquecerse para convertirse en millonarios a costa de la pobreza de mucha gente. La lista de feos es interminable, desde el diablo bíblico a los enemigos de los superhéroes de las historietas. Para huir de tanta fealdad me refugio en una plácida playa, cerca de las cristalinas olas del mar que me refrescan. Lo más lindo es el verano.

jueves, 21 de mayo de 2015

La RAE desestima los desdoblamientos "artificiosos e innecesarios" desde el punto de vista lingüístico"


Los ciudadanos y las ciudadanas, los niños y las niñas

Este tipo de desdoblamientos son artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico. En los sustantivos que designan seres animados existe la posibilidad del uso genérico del masculino para designar la clase, es decir, a todos los individuos de la especie, sin distinción de sexos: Todos los ciudadanos mayores de edad tienen derecho a voto.
La mención explícita del femenino solo se justifica cuando la oposición de sexos es relevante en el contexto: El desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad. La actual tendencia al desdoblamiento indiscriminado del sustantivo en su forma masculina y femenina va contra el principio de economía del lenguaje y se funda en razones extralingüísticas. Por tanto, deben evitarse estas repeticiones, que generan dificultades sintácticas y de concordancia, y complican innecesariamente la redacción y lectura de los textos.
El uso genérico del masculino se basa en su condición de término no marcado en la oposición masculino/femenino. Por ello, es incorrecto emplear el femenino para aludir conjuntamente a ambos sexos, con independencia del número de individuos de cada sexo que formen parte del conjunto. Así, los alumnos es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto, aunque el número de alumnas sea superior al de alumnos varones.

Ver mas en t: http://www.rae.es/consultas/los-ciudadanos-y-las-ciudadanas-los-ninos-y-las-ninas#sthash.CPkoCa3u.VAR8bPAU.dpuf

Sobre el lenguaje inclusivo

Yadira Calvo opina:
"El lenguaje inclusivo no es usar, ellos y ellas, muchachas y muchachos, y poner arrobas. Eso es una búsqueda, que es muy válida como toda búsqueda de equidad, para atenuar el sexismo que tiene el idioma, pero es la forma equivocada. Hay que conocer un poco más el idioma para hacerlo de forma adecuada, no para eliminarlo porque eso está en la gramática, pero hay vocablos comunes: oficinista, poeta, periodista… son palabras que sólo podemos determinar si es hombre o mujer por el artículo que le pongamos. También podemos usar abstractos cuando se presta, en vez de niños decir niñez, no siempre se presta. Usted como periodista lo sabe muy bien, porque su trabajo es el lenguaje, y sabe cómo se usa. Es como vestir, uno no va vestido de la misma forma a cualquier lado.
Se pueden usar abstractos, comunes, nombres colectivos, en vez de decir los pobladores de Guadalupe, sino la comunidad de Guadalupe, y no porque comunidad sea femenino, es colectivo. Tiene marca de femenino pero implica hombres y mujeres  clarísimamente. O podemos usar palabras epicenas, como víctima, o personaje, que aplican a hombres y a mujeres. Ese tipo de vocablos.
De todas maneras, escribir cuesta y requiere un esfuerzo mental, eso va a requerir más esfuerzo mental, como la gente no quiere hacer esfuerzo mental y tal vez le faltan las herramientas necesarias para ponerlo en práctica, pues recurren a ‘’los las’’ y al arroba, pero eso no es lenguaje inclusivo." (Sin comentarios, lo ha dicho todo.

lunes, 13 de abril de 2015

La mirada de malo de mi jefe.Re “Soy el falso Schwarzenegger”

Retrato del pintor Luis Mahamud.


Me han parado algunos amigos y conocidos, por la calle, para dar su respetable opinión sobre mi última foto de perfil en Facebook. Les agradezco a todos el interés suscitado. Que la imagen tiene seriedad, que resulta interesante o que mola. Me han encantado esas palabras inesperadas, porque, de verdad, cambié la foto por otros motivos diferentes, sin intención de recibir amables opiniones de mis allegados. Les cuento. He decidido cambiar mi imagen de Facebook, en realidad, porque la imagen de perfil real no la puedo cambiar, evidentemente porque la llevo en mis genes. Estoy orgulloso de esa mirada de mansedumbre que tienen los aldeanos, como eran mis mayores, especialmente mi padre al que observaba contraer el labio inferior, para mostrar dureza, ante cualquier impresentable que intentaba burlarse con arrogancia y orgullo altanero. Es que, la verdad, hay muchos imbéciles que pretenden reírse con soberbia de una mirada amable y bondadosa. Ni les cuento la estúpida actitud de estos tontos, que se creen muy listos, creyendo que les gustan a una mujer guapa si les sonríe. Con mi esposa, Blanca, nos partimos de la risa viendo a esos personajes que miran a las mujeres como lo sabe hacer muy bien, eso dicen, el actor José Coronado, aunque rechazo la opinión de algunos críticos que le ponen en el podio de los hombres duros. Como les decía, cambié mi imagen de portada de Facebook, sin intentar igualar a Isabel Preysler, quien ha dicho por la televisión que posa ante las cámaras con sólo uno de sus perfiles del rostro, el mejor que tiene, intentando ratificar una leyenda urbana que existe, en mi modesta opinión, por haber sido divulgada por gobernantes y políticos. No soy así de sofisticado y yo, particularmente, tengo los dos perfiles que me han dado mis padres, y punto. 
Cara de guerra
Bien, volvamos a la foto de Facebook, explico que me la hice tomar recordando el consejo de un amigo militar argentino que estuvo peleando en la Guerra de las Malvinas y me dijo que había que posar “con cara de guerra”, para conseguir, en el caso de que la imagen llegase al enemigo y le pudiese dar la idea de que si había enfrentamiento se iba a topar con un rival duro y peliagudo, más difícil de pelar que una gallina. Mi amigo, el militar, tuvo que volver a casa tras perder la guerra contra Inglaterra. Para conseguir esa mirada de duro tan ansiada, entonces, le pregunté a un director de teatro centroamericano que vivía en Avilés, no me atrevo a dar más datos para preservar su intimidad, que me dio algunas instrucciones acerca de la manera de poner cara de tipo duro; más que nada porque alguien me había dicho que los reporteros de la CNN hacían un curso de teatro para enfrentarse mejor a las cámaras de la televisión, y así poder comunicar las noticias más crudas de los telediarios con esa particular cara de póker de las que van sobrados. Por otro lado, admiro y es un deleite para mí experimentar esa frialdad despiadada que desprende la ojeada salvajemente rápida de algunos actores que me hacen sentir una especial percepción gélida como si se tratase de un puñal que te roza la oreja. Siento un escalofrío en el cuello que me recorre la espalda cuando me mira alguno de esos villanos forajidos como Lee Van Cleef en la película “Sabata viene a matar”, con sus ojos como los cañones de un antiguo revólver, dispuesto a aniquilar al primero que se mueva John Wayne es otro que me hace temblar cuando veo “Río Grande”. Ni que hablar del temible Doctor Hannibal Lecter (interpretado por el genial Anthony Hopkins) en “El silencio de los corderos”, al igual que otros inigualables como Arnold Schwarzenegger (imposible copiarlo), Jean Claude Van Damme o la inapreciable mirada de odio de Cruella De Vill (Glenn Close) en “101 dálmatas”, sin olvidar al sublime Robert Barton Englund, más conocido como Freddy Krueger, o el mísmisimo Johnny Depp en “Eduardo manos tijeras”. En el cine, como en la vida, por supuesto hay más malos que buenos, por lo que la lista de malvados es interminable.
Imposible superarlo
Sin embargo, ninguno de ellos puede superar a un jefe, que tuve hace años en un trabajo. En realidad, era un mediocre inepto, que había llegado a esa jerarquía nada más y nada menos que pegando puñetazos, codazos y patadas para abrirse paso. Había logrado, tras varios años, desplazar a otros trabajadores mejor formados y con talento verdadero para esas labores de la empresa, haciéndoles la vida imposible. Cuando cometía un error se enfurecía con rencor y llamaba a su despacho a los que tenían esa mirada amable y tranquila de los pacíficos. Te miraba fijo a los ojos, de una manera exagerada, creo que hacía un gran esfuerzo para lograrlo. De todas las maneras, era un hipócrita obsesivo, puesto que de cara a la galería, ante el público, en sus relaciones con empresarios y políticos, gente del poder en general, reflejaba su sonrisa más amable e inocente como si de un corderito frágil se tratara. Trataba a los trabajadores con sus particulares y bien ensayados gestos de desprecio, a excepción con los que le adulaban interesadamente, hasta tal punto de que llegaban a agacharse para absorberle los calcetines, metafóricamente hablando. Aquel jefe era tan ignorante que, en una ocasión, y síolo para que sirva de ejemplo, nos llegó a comentar que para proteger el teléfono de spams o virus había que pulsar la tecla “del cuadradito” y yo le dije que debía decir la tecla “almohadilla”, cosa que le puso en una estado de cólera furibunda, por lo que me mando castigado ir a escucharle a su despacho, eso sí, con su peculiar mirada de hielo polar ártico, de temperatura bajo cero. Finalmente, y para concluir sin aburrir, me fue imposible imitar ni siquiera a aquel jefe malvado, hasta tal punto de que estoy convencido de haber hecho un esfuerzo sobrehumano y supremo para copiar esa mirada de malo, en la foto de Facebook, hasta sufrir una hernia inguinal, que tras la intervención quirúrgica, ya me he repuesto, aunque no me he recuperado todavía si recuerdo aquellas miradas de odio insolente, perversas, de maldad prepotente. La solución es no perder tiempo en experiencias negativas, la vida es corta y resulta innecesario recrear la figura de esos villanos y forajidos que se nos han cruzado en las avenidas y autopistas de la vida. Es mejor salir a caminar a recorrer flores por el recorrido, ¿no les parece?

sábado, 11 de abril de 2015

La felicidad artificial

Flores silvestres de Valliniello.
Ayer subí caminando hasta Valliniello. Al bajar fui recogiendo flores silvestres como lirios, margaritas, malvas o verónicas, entre otras ; aunque la verdad no soy experto en la materia. Pude ver la cara de asombro con la que me observaban algunos conductores y me puse a pensar cuántas tonterías y cosas sin sentido hacemos a lo largo de la vida, arrastrados por la sinrazón del consumismo, inculcado a gritos por la publicidad con la que nos bombardean a todo momento. Ahora parece que está de moda buscar la fórmula para ser feliz, pero sin acertar en hacer esas cosas simples y fáciles que nos ayudan a vivir en la tranquila paz para sentirnos lo mejor posible. Llego a casa, hago una foto de recuerdo del colorido ramo de flores silvestres, que no necesité comprar con dinero en una tienda. Me llaman por teléfono, había dejado el móvil en casa, para ofrecerme un seguro y no me entienden que hoy no necesito que me ofrezcan nada, ni siquiera esas felicidades artificiales creadas por el marketing, que ya me busco yo, convenientemente, mi felicidad particular y personal.

sábado, 14 de marzo de 2015

Facebook

FacebooK: La calle no calla, hay gente que espía detrás del telón, antes de la función, entrometidos por la información del boca a boca, que como reguero de pólvora corre, se desparrama hasta los últimos confines, se diluye en las redes. La rutina se monta en la caravana, en el único espejo que multiplica las sombras y que engrandece las luces. Las amistades se entremezclan furibundas entre el cotillón fresco de las miradas furtivas, en ese laberinto de cosas pequeñas y grandes, viejas y nuevas, con añadidos que datan de épocas distintas.